Los compañeros de la oficina con quienes convivimos durante tanto tiempo se despiden de nosotros con elogios y buenos deseos para esta nueva etapa. Te sientes contento y aliviado de que llegó ese día tan anhelado por todos. Tomas tus cosas y regresas a casa con tu pareja, a quien veías en tu tiempo libre o en tus horas de comida.
Cuando el retiro por fin llega y en nuestras manos está la libertad de hacer lo que queramos sin apegarnos a un horario, a veces nos resulta agridulce. Nadie nos prepara para la soledad, la tristeza y la pérdida de identidad que muchos podemos llegar a experimentar. A esto se le conoce como Síndrome del jubilado.
Muchas personas pasan los últimos años de vida laboral planeando todo lo que harán cuando se jubilen, por ejemplo, a dónde viajarán, qué renovaciones le harán a sus hogares, qué libros leerán o a cuáles clases o talleres se inscribirán. Otras más, después de algunos días de descansar, se sienten fuera de lugar, pelean con su pareja, tratan de mantenerse ocupados, pero no lo consiguen. Algo no se siente bien.
Lo primero que debes hacer, es no entrar en pánico y platicar con tu pareja sobre lo que están sintiendo y cuáles son sus intereses para llegar a acuerdos y evitar conflictos más grandes. Acudir a terapia siempre será una decisión saludable, pero no es necesario si se organizan y llegan a un entendimiento mutuo.
Busquen actividades para hacer en pareja y de forma individual, así cada quien tendrá su espacio y al mismo tiempo compartirán gustos en común, lo cual fortalecerá sus lazos emocionales y llevará la relación a otro nivel.

